21/05/11
Todos perecemos ante la fuerza del futuro. Nos rendimos, nos agobiamos, perdemos rastro de nuestros sueños y dejamos que el Tiempo, con su gran mano de acero, nos los arranque sin preguntar primero. Confundidos, inseguros, arriesgamos poco para perder mucho, desesperamos ante una foto que no entendemos y que nos asegura nuestra derrota. Solitarios, perdidos, ciegos, nos adentramos en una nube de humo sin saber como volver en caso de que no encontremos el camino. Nos detenemos ante un abismo, indecisos, hasta que la fatalidad de lo inevitable nos empuja con un soplido, haciéndonos caer en lo infalible, en lo incambiable, con esa sensación de vértigo que nos estruja el pecho y grita que tarde o temprano nos vamos a estrellar. E intentamos nadar en un aire demasiado ligero, aferrarnos a un recuerdo demasiado resbaloso, buscando una salvación que no va a llegar y una redención que no se nos va a otorgar. Invisibles, efímeros, desconsolados, caemos como peso muerto por el vórtice de una era rota, esperando sin esperanza el final del túnel, el suelo del abismo, el fondo de la pileta, para comprender, finalmente, que es una caída lenta y dolorosa que nos lleva al entendimiento de que, en realidad, no somos nada.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 monedas:
Publicar un comentario en la entrada