
Inexactos son los relojes que cuentan nuestros recuerdos. Entre falacias e imprecisiones, las horas construyen el frágil alhajero que cuida nuestra memoria. Como brochas sin dueño, los minutos colorean de negro y blanco paisajes caducos, ajados, salidos de un mapa de algún sueño perdido que solo la añoranza se atreve a volver a recorrer. Los segundos, decididos, aleatorios, trazan los rasgos del rostro que el corazón se niega a olvidar, como tinta que se escabulle entre grietas, sembrando en lo profundo del olvido la semilla abandonada de la duda.
El murmullo ignorado de un sentimiento cobra en un momento impreciso y aún así claro la forma de un contorno vago y amargamente familiar. El silencio se llena entonces de latidos acelerados, resonantes, imponentes, que se acumulan entre ecos y más ecos de ese grito ahogado que desde lo profundo reclama atención. Mientras más nítida se vuelve la mano del artista que retrata el recuerdo, más empalidece todo lo demás, más se embarra de nada, más se consume. Y de entre los pantanos frágiles y absorbentes de la memoria, surge serena su imagen, como si la espera de años fuera cuestión de un respiro, como si el empeño de ahogarla fuera un disfraz mal cosido, como si la oscuridad que la cubría fuera un velo que se doblega ante la fuerza de un suspiro.
El arco que componía un grito y un llanto ahogado de fondo enmudece en un instante. La mano invisible, de trazos ligeros e insoportables por su peso, se suspende en el tiempo, en el espacio. Del silencio sordo, denso y distante, se deshilan las últimas lágrimas de tinta y se sumergen en la nada, olvidadas por todo. Los sueños, entonces, se paralizan; las agujas, como bailarinas en un juego, se detienen formando figuras llenas de gracia; y el momento, indiferente, se instala por siempre. Y, entre nubes de lija y terciopelo, todo desaparece.
Como imágenes volubles de algún tiempo remoto, las caras borrosas del recuerdo surgen de entre el vaho de la memoria, y en un inconsciente parpadeo se convierten en golpes, en puños, en garras, que arañan el pecho de quien duerme sin cuidado. La piel se marchita una vez más entre tantas otras; se llena de marcas invisibles, sangrantes, negras, como un tatuaje hecho con una aguja de cristal y tinta roja; se quiebra, se rasga, se desgarra, ajada por el dolor de revivir, de volver a vivir y, con ello, volver a morir un poco.
Y tan deprisa como comienza, se detiene. Este juego macabro en el cual el olvido y la memoria se toman de la mano y empuñan juntos la tijera que corta, una y otra vez, la delgada unión que mantiene las cicatrices precariamente cerradas. Vuelve la distracción, la negación, el invento. El fuego se consume en el pecho de quien recuerda, dejando cenizas a la espera de volver a arder. Un suspiro, una lágrima, y todo termina.
Tal vez se trata de un sueño tejido con desengaños y desilusiones absurdas, digno de un destino perdedor en busca de un pasado cansado de incoherencias. Tal vez ese rostro no sea más que una mentira, triste sobra de una pesadilla mal dibujada y cobarde, que acecha sin disimular las mentes atormentadas y tormentosas. Y, tal vez, todo esto sea una excusa de un corazón acongojado, que sólo busca escapar a un recuerdo venenoso, con ojos sinceros de hombre y palabras punzantes de adiós.
0 monedas:
Publicar un comentario en la entrada