15/08/10

The End

Mientras se viste, mientras siente la suave tela del vestido rozar su piel, mientras cuela los dedos entre su cabello para recogerlo en un nudo desaliñado, mientras desliza sus pies en el cuero frío de los zapatos, mientras se maquilla tapando las lágrimas, mientras el tiempo transcurre atropellada y lentamente, el pensamiento helado de la muerte atraviesa una y otra vez su mirada. Al observarse en el espejo, sólo reconoce una figura difusa, borrosa, como un vago recuerdo de alguien a quien solía conocer. Intenta despejar la superficie con una mano temblorosa para lograr encontrarse, recomponerse. Y falla. Una vez más, falla.

Retiene un sollozo de pura frustración y se yergue, inspirando profundamente. El aire le parece espeso, denso, como si al respirar su cuerpo se llenase de piedras que la empujan hacia abajo, que la arrastran a ese pozo antiguo y eterno de melancolía y locura en el cual tantos poetas se perdieron. El mismo oxígeno que necesita la ahoga, la sofoca, su pecho se hunde bajo el peso de la memoria y el estómago se le retuerce de puro dolor. Siente que va a vomitar en cualquier momento y aspira cada vez más rápido intentando recuperar el aire que necesita para seguir, el mismo aire que la gravedad le roba y le niega. Cierra los ojos y el mundo tiembla a su alrededor. Cierra los ojos con fuerza y su vida deja de tener sentido. Cierra los ojos y, entonces, todo deja de importar.

Y su rostro aparece, nítido e impecable, ante sus ojos.

Debo ser fuerte, se repite. Debo ser fuerte, por él, se dice. Debo ser fuerte, por mí, se convence.

Cuando abre los ojos, el cuarto de baño ha dejado de tambalearse. Se encuentra entonces con su reflejo, que entre tanto se volvió límpido y la mira atentamente desde el otro lado del espejo. Se pregunta entonces si el otro lado del que tanto hablan no estará dentro de los espejos. Si, en realidad, la muerte se trata únicamente de volver a vivir, una y otra vez, a través de un cristal, la vida que tanto apreciamos. Se observa un momento y finalmente el pensamiento se escurre como el vaho que cubre el lugar.

Algo en su interior se decide entonces a permanecer en una pieza, a no desmoronarse. Con pasos firmes y movimientos precisos, recoge sus pertenencias, se abriga y alcanza la puerta. Y allí, frente al paso que determina que su vida recomienza sin él, su determinación se escabulle y se esconde entre las sombras, dejándola vacía y helada e incapaz de realizar un sólo movimiento. Con la mirada fija en la puerta, las piernas temblorosas, el cuerpo rígido, surge la duda: ¿es lo suficientemente fuerte? ¿Posee la valentía necesaria para salir y afrontar la vida por sí sola? Los segundos pasan y minan la firmeza con la que se había armado minutos antes. Es el momento de tomar una decisión, piensa. Es tiempo de elegir a qué aferrarse: si al pasado o al futuro.

Y entonces, abre la puerta de un tirón y sale.

El sol la ciega, el frío la hiela, el aire la hace toser. La piel le arde bajo la calidez de la luz, los ojos le escuecen ante la imagen del exterior, el corazón se le encoge por la firmeza de su decisión. Por un momento efímero, se arrepiente y desea volver a la seguridad de su melancolía. Antes de darse cuenta, esta girándose y volviendo a entrar a su casa. Y se detiene. Se obliga a hacer un alto porque ya ha salido, ya ha dado un paso demasiado importante como para echarlo a perder por algo tan simple como el miedo. Él superó el suyo, ¿por qué no podría hacerlo ella?

Sus pies se voltean y emprenden una marcha hacia el futuro. Lo que primero son pasos tímidos, aumentan en velocidad y largo, transformándose velozmente en una carrera junto al tiempo. Corre más rápido que nunca. Sus pies apenas tocan el piso, el viento la acompaña y la empuja a seguir. El mundo a su alrededor se diluye, se emborrona, los colores se mezclan y se pierden, los sonidos se silencian y todo pierde su significado. Por un momento siente que flota. Y no sabe si es la brisa, si es un reflejo de su cuerpo o si lo está imaginando, pero por un momento se siente sonreír. Por primera vez en mucho tiempo.

En un momento seco y repentino, se detiene bruscamente y su sonrisa se pierde entre la niebla vaga de su memoria. Frente a ella se alza la ceremonia oscura, triste, de expresiones nebulosas y palabras vacías. Siente un hueco en el pecho, como si alguien estuviese agarrando su corazón y arrastrándolo hacia el piso. El aire se le escapa y de repente es como si no pudiera rellenar sus pulmones. Súbitamente se le escapan las respuestas, las expresiones de agradecimiento. Ya no sabe qué decir, ni qué hacer. Por un momento se siente una niña, con una desesperada necesidad de alguien a quien acudir, detrás de quien esconderse. Pero no tiene a nadie. Y el pensamiento es como una bofetada en el estómago que la hace tambalearse y le nubla la vista.

La cabeza le da vueltas y cuando siente que va a derrumbarse, unos brazos la envuelven y la sostienen. No sabe quién es, si lo conoce o no, pero en ese momento nada importa. En ese instante, lo único que puede hacer es reclinarse sobre su hombro y llorar.

Luego, alguien le diría que existen peores tipos de cáncer que el que él sufrió. “El cáncer que afecta el alma”, le susurrarían. Tiempo después, la madre de él le haría comprender que en ellos podía encontrar una familia, alguien con quien contar. Años más tarde, entendería que, aunque existen razones de sobra para rendirse, si uno sabe mirar, existen aún más para no hacerlo.


Una muerte no es dura por lo que se va; es terrible porque te obliga a inventarte otra vida cuando creías que ya tenías una.” – Valfierno

3 monedas:

Monster~ dijo...

me encanta...

("the last song"'s influence...?)

LinaRiz dijo...

noup. te quiero.

Monster~ dijo...

yo también.
valfierno tiene la posta.

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