un o¡Hola a todos! Ni sé si hay alguien, pero de todas maneras... Locos ya estamos, hablar solos no es sorpresa.
Pretendo empezar una secuencia de pequeños textos -cuyo género no está aún identificado, supongo que irá variando. No sé cuánto durará -si es que durará- ni cada cuanto los subiré. En fin, supongo que lo iremos descubriendo con el tiempo, ¿no?
Se titula "CONFESIONES ESPORÁDICAS DE GENTE "NORMAL" Y NADA COMÚN" y aquí va el primer capítulo:
CAPITULO 1: ¿GORDA, YO?
Nunca fui gorda. Bah, al menos yo no creía serlo. Quiero decir, no era una sílfide de esas casi desnutridas que se ven en la tele todos los días, ¿no?, pero tampoco era gorda. De cómo yo me veía hasta el punto G que todas buscan evitar había un largo trecho. Para mí, tenía unas curvas interesantes que, cubiertas correctamente, mataban al pasar.
Bien gracias por eso.
Lo cierto es que me escondía tras excusas baratas como que me gustaba el buen comer y que tenía angustia oral. O sea, en definitiva me encantaba atragantarme con dos hamburguesas cuarto de libra de McDonalds y “sí, desearía profundamente agrandar mi combo, muchas gracias”. Comía chocolate y comida chatarra porque era fácil hacerlo, y después justificaba mi falta de ejercicio con la carga horaria de mi trabajo. Era una gordita feliz que no se consideraba gordita y que por eso era feliz.
Hasta que un día descubrió que era gordita y dejó de ser feliz.
La verdad de la milanesa –buen dicho de gorda- es que la gente, cuando estás pasada de rellenita, tiende a evitar decir algo. Es como si de alguna manera creyeran que, porque vos andas repitiendo que tenés angustia oral y negando que estás gorda, si te lo dijeran, te suicidarías. Seguramente no. Probablemente asaltarías alguna heladera a mano armada –con cuchillo y tenedor- y te darías una buena patada al hígado de puro placer depresivo. Es que la depresión es la mejor amiga y aliada –y excusa- de nosotras las gorditas. Es un círculo vicioso del cual es difícil de escapar: cuánto más comés, más engordás, y cuánto más engordás, más te deprimís y más comés. Sabemos que existe, que está ahí, pero si alguien se atreve siquiera a hacérnoslo notar, lo insultamos y lo sacamos de nuestras vidas: ya bastante que me sienta una bola de grasa como para que, encima, me vengan con que mi problema es un círculo vicioso. ¿Qué se creen, graciositos?
¿A qué me refiero con todo esto? En que si el espejo nos muestra la realidad que queremos ver, la gente no es mucho mejor. Es como si estuviéramos locas o algo así, y nos siguieran la corriente sólo porque no existe otra posibilidad. Se callan, nos niegan que estamos gordas y miran hacia otro lado cuando algo nos queda horrible. Nos mienten en la cara y hablan a nuestras espaldas, sobre que nos va a hacer mal a la salud, y que después nos quejamos de que no tenemos novio, y que para hacernos un regalo tienen que pensar algo copado porque la ropa está descartada. Amigas, amigos: no sabemos que estamos así de gordas. Hágannos el regalo de cumpleaños de nuestras vidas y háganoslo saber. Y no sean cobardes, nuestros insultos sólo duran un poco.
En fin, la cosa es que yo pensaba que estaba en la flor de mi vida, que todo era color rosa, cuando en realidad, todo era marrón como los chocolates que me embutía uno tras otro sin nada de pena y con mucha gloria. Había llegado a un punto en donde la ropa que tenía no me pasaba más allá de los muslos y aún ahí amenazaba con explotar. Pero yo me seguía viendo fantástica: por alguna razón –bastante irracional- que mi mente fabricaba, la culpa era de ese lavadero chino al cual mandaba mi ropa, ya que seguramente usaban un jabón chino de pésima calidad para achicar la ropa –porque allá son todos pigmeos- y me habían arruinado la ropa a consciencia. Me sorprende aún la vasta imaginación con la que contaba por ese entonces.
Mi vida de ensueño sufrió su trágico final un día de julio, mientras me volvía en colectivo del trabajo. El colectivo, como de costumbre, estaba hasta las ventanas de gente y sólo los altos respiraban. Nadie sabía muy bien por qué, pero el colectivero seguía haciendo subir gente, cuando era claro que no entraba nada más. Y con eso me refiero a que yo iba sin agarrarme de nadie, porque de tan ajustados que estábamos todos no tenía espacio ni para moverme un paso. Mucho menos caerme.
En este subir y subir y subir y nunca bajar de pasajeros, termino al lado de un asiento de las primeras filas –de esos para embarazadas, discapacitados y viejos- y me acuerdo que pensé que qué bueno sería ser alguna de esas cosas para ahorrarme el viaje parada y con un caño incrustado en el costado del estómago. En mi distracción, escucho que desde delante de todo se ponen a gritar y a hablar todos con todos, señalando al señor que estaba sentado en el asiento del cual yo estaba estacionada. Lo miro, me mira y veo que se sonroja. Inmediatamente se levanta y me ofrece el asiento.
Y entonces, la frase del conductor llega a mis oídos.
“…el asiento a la mujer embarazada.”
Me costó su buen momento entender que se referían a mí. Embarazada. Embarazada como en gran panza, veinte kilos de más, gordura general. Embarazada como en gorda hasta la casi discapacidad. Embarazada como en gorda y con buena razón de serlo.
Em-ba-ra-za-da.
Todavía tengo presente la imagen del tipo que me estaba ofreciendo el asiento. Yo me le quedé mirando como en estado de shock porque, simplemente, no podía creer lo que estaba pasando. PasándoME. Era todo demasiado absurdo: ¿yo, embarazada? Lo más gracioso –para alguien, supongo- era que la gente a mi alrededor tenía cara de sincera preocupación. Todos observaban, interesados por mi salud, criticaban al señor que no me había cedido el asiento antes, mientras este me miraba casi con irritación porque yo no estaba reaccionando. Una señora mayor entonces me empujó levemente para abrir un poco de espacio y para incitarme a que me sentara porque todo estaba bien. Di un paso hacia delante y entonces tomé consciencia de la situación. Y mi primera reacción fue querer morirme ahí mismo.
Después sopesé las dos alternativas que tenía: o sentarme y viajar cómoda, aunque asumiendo el papel de embarazada, o negarles a todos que estaba embarazada, enfrentarme a las miradas burlonas y avergonzadas de los demás, y viajar parada.
Al final, me bajé del colectivo.
Volví a mi casa en taxi y lloré toda la noche. Puse mi casa patas para arriba de pura frustración y, por primera vez, no acudí a mi fiel amiga la heladera, por mucho que me llamó. Tiré toda la comida, todos los chocolates, todas esas cosas que me hacían tan feliz y tan mal. Al final, me dormí en el piso de la cocina, con el maquillaje corrido por las lágrimas y la panza asomándose por la remera y descansando sobre las baldosas junto a mí, como una leal mascota.
Definitivamente, un momento a olvidar.
Hoy lo pienso y la verdad, fue un momento bastante bobo. Exageré y dramaticé todo, pero en su momento fue una situación crucial en el desarrollo posterior de mi vida. Desde entonces le pedí ayuda a una amiga –que volvió con su cara de “te lo dije”- y vamos juntas al gimnasio desde entonces. Empecé las mil y una dietas y varias las llevé a puerto seguro, no sin poco esfuerzo y voluntad. Bajé los veinte kilitos de embarazo que me sobraban y unos quince más, y hoy puedo decir que estoy físicamente espléndida. Aún sigo rechazando con mucho pesar la llamada de McDonalds cuando paso cerca y los gritos desesperados de los chocolates de los kioscos. No es fácil, pero con el tiempo deja de ser tan difícil.
Ese día juré que no volvería a pasarme algo así nunca más. Y por ahora, lo estoy logrando.
El mío no es un final feliz: no digo que negarme todas esas cosas que me hacían sumamente feliz sea algo bueno. Mi problema fue el exceso. Era una adicta. Puedo reírme hoy, pero en su momento fue todo un evento. Desde entonces me cuido con una regulación casi militar y me prohíbo cualquier desliz por miedo a recaer en lo mismo. No soy feliz, pero estoy bien.
Y si tengo que admitirlo, prefiero mi bienestar actual que mi felicidad efímera de ayer.
Pretendo empezar una secuencia de pequeños textos -cuyo género no está aún identificado, supongo que irá variando. No sé cuánto durará -si es que durará- ni cada cuanto los subiré. En fin, supongo que lo iremos descubriendo con el tiempo, ¿no?
Se titula "CONFESIONES ESPORÁDICAS DE GENTE "NORMAL" Y NADA COMÚN" y aquí va el primer capítulo:
CAPITULO 1: ¿GORDA, YO?
Nunca fui gorda. Bah, al menos yo no creía serlo. Quiero decir, no era una sílfide de esas casi desnutridas que se ven en la tele todos los días, ¿no?, pero tampoco era gorda. De cómo yo me veía hasta el punto G que todas buscan evitar había un largo trecho. Para mí, tenía unas curvas interesantes que, cubiertas correctamente, mataban al pasar.
Bien gracias por eso.
Lo cierto es que me escondía tras excusas baratas como que me gustaba el buen comer y que tenía angustia oral. O sea, en definitiva me encantaba atragantarme con dos hamburguesas cuarto de libra de McDonalds y “sí, desearía profundamente agrandar mi combo, muchas gracias”. Comía chocolate y comida chatarra porque era fácil hacerlo, y después justificaba mi falta de ejercicio con la carga horaria de mi trabajo. Era una gordita feliz que no se consideraba gordita y que por eso era feliz.
Hasta que un día descubrió que era gordita y dejó de ser feliz.
La verdad de la milanesa –buen dicho de gorda- es que la gente, cuando estás pasada de rellenita, tiende a evitar decir algo. Es como si de alguna manera creyeran que, porque vos andas repitiendo que tenés angustia oral y negando que estás gorda, si te lo dijeran, te suicidarías. Seguramente no. Probablemente asaltarías alguna heladera a mano armada –con cuchillo y tenedor- y te darías una buena patada al hígado de puro placer depresivo. Es que la depresión es la mejor amiga y aliada –y excusa- de nosotras las gorditas. Es un círculo vicioso del cual es difícil de escapar: cuánto más comés, más engordás, y cuánto más engordás, más te deprimís y más comés. Sabemos que existe, que está ahí, pero si alguien se atreve siquiera a hacérnoslo notar, lo insultamos y lo sacamos de nuestras vidas: ya bastante que me sienta una bola de grasa como para que, encima, me vengan con que mi problema es un círculo vicioso. ¿Qué se creen, graciositos?
¿A qué me refiero con todo esto? En que si el espejo nos muestra la realidad que queremos ver, la gente no es mucho mejor. Es como si estuviéramos locas o algo así, y nos siguieran la corriente sólo porque no existe otra posibilidad. Se callan, nos niegan que estamos gordas y miran hacia otro lado cuando algo nos queda horrible. Nos mienten en la cara y hablan a nuestras espaldas, sobre que nos va a hacer mal a la salud, y que después nos quejamos de que no tenemos novio, y que para hacernos un regalo tienen que pensar algo copado porque la ropa está descartada. Amigas, amigos: no sabemos que estamos así de gordas. Hágannos el regalo de cumpleaños de nuestras vidas y háganoslo saber. Y no sean cobardes, nuestros insultos sólo duran un poco.
En fin, la cosa es que yo pensaba que estaba en la flor de mi vida, que todo era color rosa, cuando en realidad, todo era marrón como los chocolates que me embutía uno tras otro sin nada de pena y con mucha gloria. Había llegado a un punto en donde la ropa que tenía no me pasaba más allá de los muslos y aún ahí amenazaba con explotar. Pero yo me seguía viendo fantástica: por alguna razón –bastante irracional- que mi mente fabricaba, la culpa era de ese lavadero chino al cual mandaba mi ropa, ya que seguramente usaban un jabón chino de pésima calidad para achicar la ropa –porque allá son todos pigmeos- y me habían arruinado la ropa a consciencia. Me sorprende aún la vasta imaginación con la que contaba por ese entonces.
Mi vida de ensueño sufrió su trágico final un día de julio, mientras me volvía en colectivo del trabajo. El colectivo, como de costumbre, estaba hasta las ventanas de gente y sólo los altos respiraban. Nadie sabía muy bien por qué, pero el colectivero seguía haciendo subir gente, cuando era claro que no entraba nada más. Y con eso me refiero a que yo iba sin agarrarme de nadie, porque de tan ajustados que estábamos todos no tenía espacio ni para moverme un paso. Mucho menos caerme.
En este subir y subir y subir y nunca bajar de pasajeros, termino al lado de un asiento de las primeras filas –de esos para embarazadas, discapacitados y viejos- y me acuerdo que pensé que qué bueno sería ser alguna de esas cosas para ahorrarme el viaje parada y con un caño incrustado en el costado del estómago. En mi distracción, escucho que desde delante de todo se ponen a gritar y a hablar todos con todos, señalando al señor que estaba sentado en el asiento del cual yo estaba estacionada. Lo miro, me mira y veo que se sonroja. Inmediatamente se levanta y me ofrece el asiento.
Y entonces, la frase del conductor llega a mis oídos.
“…el asiento a la mujer embarazada.”
Me costó su buen momento entender que se referían a mí. Embarazada. Embarazada como en gran panza, veinte kilos de más, gordura general. Embarazada como en gorda hasta la casi discapacidad. Embarazada como en gorda y con buena razón de serlo.
Em-ba-ra-za-da.
Todavía tengo presente la imagen del tipo que me estaba ofreciendo el asiento. Yo me le quedé mirando como en estado de shock porque, simplemente, no podía creer lo que estaba pasando. PasándoME. Era todo demasiado absurdo: ¿yo, embarazada? Lo más gracioso –para alguien, supongo- era que la gente a mi alrededor tenía cara de sincera preocupación. Todos observaban, interesados por mi salud, criticaban al señor que no me había cedido el asiento antes, mientras este me miraba casi con irritación porque yo no estaba reaccionando. Una señora mayor entonces me empujó levemente para abrir un poco de espacio y para incitarme a que me sentara porque todo estaba bien. Di un paso hacia delante y entonces tomé consciencia de la situación. Y mi primera reacción fue querer morirme ahí mismo.
Después sopesé las dos alternativas que tenía: o sentarme y viajar cómoda, aunque asumiendo el papel de embarazada, o negarles a todos que estaba embarazada, enfrentarme a las miradas burlonas y avergonzadas de los demás, y viajar parada.
Al final, me bajé del colectivo.
Volví a mi casa en taxi y lloré toda la noche. Puse mi casa patas para arriba de pura frustración y, por primera vez, no acudí a mi fiel amiga la heladera, por mucho que me llamó. Tiré toda la comida, todos los chocolates, todas esas cosas que me hacían tan feliz y tan mal. Al final, me dormí en el piso de la cocina, con el maquillaje corrido por las lágrimas y la panza asomándose por la remera y descansando sobre las baldosas junto a mí, como una leal mascota.
Definitivamente, un momento a olvidar.
Hoy lo pienso y la verdad, fue un momento bastante bobo. Exageré y dramaticé todo, pero en su momento fue una situación crucial en el desarrollo posterior de mi vida. Desde entonces le pedí ayuda a una amiga –que volvió con su cara de “te lo dije”- y vamos juntas al gimnasio desde entonces. Empecé las mil y una dietas y varias las llevé a puerto seguro, no sin poco esfuerzo y voluntad. Bajé los veinte kilitos de embarazo que me sobraban y unos quince más, y hoy puedo decir que estoy físicamente espléndida. Aún sigo rechazando con mucho pesar la llamada de McDonalds cuando paso cerca y los gritos desesperados de los chocolates de los kioscos. No es fácil, pero con el tiempo deja de ser tan difícil.
Ese día juré que no volvería a pasarme algo así nunca más. Y por ahora, lo estoy logrando.
El mío no es un final feliz: no digo que negarme todas esas cosas que me hacían sumamente feliz sea algo bueno. Mi problema fue el exceso. Era una adicta. Puedo reírme hoy, pero en su momento fue todo un evento. Desde entonces me cuido con una regulación casi militar y me prohíbo cualquier desliz por miedo a recaer en lo mismo. No soy feliz, pero estoy bien.
Y si tengo que admitirlo, prefiero mi bienestar actual que mi felicidad efímera de ayer.
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