¿Por qué usted, señor Heterosexual, tiene el derecho de controlar mi vida amorosa? Yo no intento controlar la suya. ¿No sería justo que usted tampoco lo intentara con la mía? Yo no le digo con quien debe casarse, de quien debe enamorarse, con quien debe compartir su vida. Yo no trato de quitarle y prohibirle derechos que deberían ser iguales a todos los seres humanos que somos. Porque soy una persona, lo crea usted o no. Siento al igual que usted, sufro al igual que usted y me enamoro al igual que usted. Deseo compartir mi vida, mi intimidad con la persona que ame, e imagino que usted desea lo mismo. Me pregunto entonces: ¿por qué es justo, señor, que a usted la ley se lo permita, y a mí no?
¿Es que la ley me considera un ser inferior por mi inclinación sexual? ¿Merezco ser discriminado por el simple hecho de ser diferente a usted? ¿No es una actitud retrógrada, que nivela nuestra sociedad a la época del nazismo, o a la Inquisición, o a la clasificación racial de los blancos como seres superiores a los negros? Al negarme derechos que las personas heterosexuales tienen, ¿no me están clasificando como un ser inferior? ¿Y desde cuándo es eso diferente a lo que hicieron los colonizadores, la Iglesia o los fascistas?
Si es usted una persona religiosa, señor, y su Dios le dicta que mi condición de homosexual es pecaminosa, entonces ruego porque usted no se encuentre nunca en mi situación, dado que lo enfrentaría a sus creencias, y no le deseo eso. Y así como yo no le deseo ningún mal, ninguna infelicidad, me gustaría esperar de usted lo mismo. No le pido que apruebe lo que soy, ni que lo entienda o lo comparta; únicamente desearía que me permita usted la posibilidad de expresar mis sentimientos, a quien sea que estén dirigidos. Lo único que espero es respeto. Pero, al parecer, estoy pidiendo demasiado.
Me encantaría comprender como es que algo tan hermoso como es amar a alguien se convirtió en una lucha de poder. La religión contra los homosexuales. La ley contra los diferentes. Las creencias contra los sentimientos. Todos deseamos amar y ser amados, abrazar y ser abrazados, besar y ser besados. Todos buscamos ese brillo en la mirada del otro cuando nos ve, la sonrisa que se esconde en sus ojos cuando nos mira, la alegría que tiembla en su voz cuando nos dice que nos ama. ¿Por qué debo defender esa búsqueda ante usted, ante la sociedad, ante la ley? ¿Por qué debo marchar por ser feliz, esconderme para amar, recibir insultos y golpes por querer? ¿Por qué debo vivir al margen, cuando me corresponde una parte de la página, al igual que a usted?
Entiendo si verme con mi pareja no es de su agrado. Entiendo que usted no me entienda. Entiendo si le es difícil aceptarme como soy. Lo entiendo y, más importante, lo respeto. No pretendo exigirle nada, salvo lo mismo que yo le dedico: comprensión y respeto. Le propongo un alto al fuego por un momento. Intente por un instante ponerse en mi lugar y trate de visualizar lo que se siente ser constantemente atacado, constantemente insultado, constantemente discriminado. Haga el esfuerzo de imaginar qué se siente el ser marginado, no tener los mismos derechos que los demás, ser tratado como un ser inferior. Intente concebir qué se siente recibir los golpes en vez de darlos, y aún así estar escribiendo una carta libre de agravios que busca el respeto mutuo, el entendimiento y el amor. Ambos deseamos ser felices y, mientras no se trate de herir a nadie, ambos deberíamos tener el mismo derecho de serlo. Al menos, esa es mi opinión.
Con todo el respeto que le debo, me despido y le agradezco por haber llegado hasta aquí. Le ruego que no me condene por ser diferente. Si mi intención es amar, ¿por qué negarle a alguien más la posibilidad de ser amado?
G.
¿Es que la ley me considera un ser inferior por mi inclinación sexual? ¿Merezco ser discriminado por el simple hecho de ser diferente a usted? ¿No es una actitud retrógrada, que nivela nuestra sociedad a la época del nazismo, o a la Inquisición, o a la clasificación racial de los blancos como seres superiores a los negros? Al negarme derechos que las personas heterosexuales tienen, ¿no me están clasificando como un ser inferior? ¿Y desde cuándo es eso diferente a lo que hicieron los colonizadores, la Iglesia o los fascistas?
Si es usted una persona religiosa, señor, y su Dios le dicta que mi condición de homosexual es pecaminosa, entonces ruego porque usted no se encuentre nunca en mi situación, dado que lo enfrentaría a sus creencias, y no le deseo eso. Y así como yo no le deseo ningún mal, ninguna infelicidad, me gustaría esperar de usted lo mismo. No le pido que apruebe lo que soy, ni que lo entienda o lo comparta; únicamente desearía que me permita usted la posibilidad de expresar mis sentimientos, a quien sea que estén dirigidos. Lo único que espero es respeto. Pero, al parecer, estoy pidiendo demasiado.
Me encantaría comprender como es que algo tan hermoso como es amar a alguien se convirtió en una lucha de poder. La religión contra los homosexuales. La ley contra los diferentes. Las creencias contra los sentimientos. Todos deseamos amar y ser amados, abrazar y ser abrazados, besar y ser besados. Todos buscamos ese brillo en la mirada del otro cuando nos ve, la sonrisa que se esconde en sus ojos cuando nos mira, la alegría que tiembla en su voz cuando nos dice que nos ama. ¿Por qué debo defender esa búsqueda ante usted, ante la sociedad, ante la ley? ¿Por qué debo marchar por ser feliz, esconderme para amar, recibir insultos y golpes por querer? ¿Por qué debo vivir al margen, cuando me corresponde una parte de la página, al igual que a usted?
Entiendo si verme con mi pareja no es de su agrado. Entiendo que usted no me entienda. Entiendo si le es difícil aceptarme como soy. Lo entiendo y, más importante, lo respeto. No pretendo exigirle nada, salvo lo mismo que yo le dedico: comprensión y respeto. Le propongo un alto al fuego por un momento. Intente por un instante ponerse en mi lugar y trate de visualizar lo que se siente ser constantemente atacado, constantemente insultado, constantemente discriminado. Haga el esfuerzo de imaginar qué se siente el ser marginado, no tener los mismos derechos que los demás, ser tratado como un ser inferior. Intente concebir qué se siente recibir los golpes en vez de darlos, y aún así estar escribiendo una carta libre de agravios que busca el respeto mutuo, el entendimiento y el amor. Ambos deseamos ser felices y, mientras no se trate de herir a nadie, ambos deberíamos tener el mismo derecho de serlo. Al menos, esa es mi opinión.
Con todo el respeto que le debo, me despido y le agradezco por haber llegado hasta aquí. Le ruego que no me condene por ser diferente. Si mi intención es amar, ¿por qué negarle a alguien más la posibilidad de ser amado?
G.

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