18/04/10

HOY: SIN FILTRO

¿Alguna vez pensaron en todo lo que día a día nos perdemos de la vida que nos rodea? ¿De todo lo que pasa por nuestros ojos sin detenerse en nuestra mente, de todo lo que atraviesa nuestras orejas de punta a punta sin siquiera inmutarnos, de todo lo que perfuma el aire a nuestro alrededor, y que sin embargo, nunca llegamos a oler? Por ejemplo, me di cuenta hace un tiempo que nunca miro para arriba cuando camino. Para adelante, sí, para abajo, también, pero todo lo que se esconde entre mi línea de visión y el cielo pasa por invisible y se pierde en el ajetreo cotidiano que puebla mi cabeza. Entonces, una vez levanté la vista: y desde entonces, no puedo volver a bajarla.


Los edificios que no rodean son monstruosos. Grandes, abarcativos, sucios, coloridos, desgastados, modernos, antiguos, altos, bajos, medios. Acogen a miles y miles de personas a lo largo de su vida, invaden las calles y el aire, detienen el viento y el frío, acunan el calor más intenso, y aparecen, de forma repetitiva y eterna, en la orilla de los caminos que surgen ante nosotros al andar nuestra vida. Pero no los vemos. No realmente, no en todo su esplendor. Nos perdemos una parte enorme de lo que son, de lo que representan, de las historias que se escriben entre sus paredes huecas. Son libros que no podemos abrir, expresiones que no podemos leer. Son el símbolo de lo nuevo, de lo viejo, del tiempo que pasa y de nuestras necesidades más básicas. Nosotros los creamos, y ellos nos acogen.


Como en los árboles de la selva, lo mejor de los edificios se encuentra en la copa. Las terrazas con una vista digna de cualquier rey, las antenas con acceso al mundo, las gárgolas que lo protegen del paso del tiempo. En sus cimas se hallan los misterios más impenetrables, los cuentos más inaccesibles. Allí arriba se esconde el poeta cuya alma torturada se retuerce y se resiste, pero que lo único que desea es asomarse y saltar.


Y detrás de estos pilares de las ciudades, que nos tapan la luz del sol y nos impiden ver las estrellas, se extienden los pastizales celestes de la eternidad. De allí arriba penden nuestros más grandes deseos y nuestros más terribles miedos, junto con nuestros recuerdos más valiosos y nuestras historias más íntimas. Pues, ¿quién conoce mejor nuestros deslices, nuestros anhelos, nuestras penas, que la Luna inmortal, amante de poetas y confidente de mortales, siempre inalcanzable pero eternamente a la escucha, tan tímida, tan humilde, tan deseada? Allí arriba, el consuelo a toda una vida de sufrimiento aguarda; allí arriba, y sólo allí arriba, nace la esperanza que nos hace ser quienes somos.


Entonces, de repente, pienso que hay que mirar más hacia arriba. Dejar de mirarnos los pies y empezar a observar las estrellas y las nubes, dar rienda libre a nuestra imaginación que purga desde siempre por salir y abrirnos a todo lo que nos rodea y que vuela con el viento hacia los lugares más remotos y trae consigo aromas a tierras lejanas, imágenes de colores sin inventar y música tejida del silencio del alma y del susurro de la naturaleza. Respirar menos y más profundo, dejar que todolo que antes nos perdíamos, recorra por primera vez nuestro cuerpo hasta mostrarnos la vida de nuevos colores. Y tal vez, en ese momento, todo tenga un poco más de sentido.


Tal vez no. Pero por lo menos, habremos aprendido algo más de este extraño mundo que nos rodea. Por ejemplo, cómo mirar hacia arriba.

Esquina del Arte