Y también a otra persona que, si bien no conocí, tuvo un gran impacto en mi vida. A un año de su último aliento, le dedico esto. Porque siempre hay alguien dispuesto a ayudarnos. Y nunca, nunca, hay que dejar de soñar.
Bajo la tenue luz de la vela, las cicatrices de su cuerpo toman forma y parecen bailar, como recuerdos infligidos y grabados con sangre que regresan de su eterna duermevela. Recorre una con la yema de su dedo índice, acariciándola, absorbiendo los sentimientos que dirigían la cuchilla el día en el que se la hizo. La línea de piel pálida sube por el lado interno de su muslo, como las manos de un amante que buscan ir más allá. Más allá de lo correcto, de lo moral, de lo estipulado.
Varias otras cicatrices rodean esta como hijas ante su madre, como afluentes de un río que se dejan llevar y humedecen la tierra reseca de sus muslos. Las observa con maravilla, sorprendida de cuanto parecen pequeñas venitas que se bifurcan, rayos sobre la piel tormentosa y oscurecida por recuerdos demasiado dolorosos. Cierra los ojos y los parpados le tiemblan, luchando contra esa marabunta de sentimientos que purga por encontrar un quiebre en sus pestañas y escapar de su agitada mente. Respira bruscamente y atesora el aire en sus pulmones, prohibiéndoles la salida, buscando una calma imposible de obtener. Y cuando ya no lo soporta, da rienda suelta a sus labios, a sus ojos y a su corazón. Y todo parece estallar a la vez.
Boquea sintiendo un grito atravesado quemándole la garganta. Sus manos palpan su cuello con impotencia buscando una grieta que alivie la presión que se acumula antes de su boca. Siente arcadas, tose y escupe sin poder sacar esas palabras atoradas, ese rugido de pura desesperación que le roe las cuerdas vocales hasta dejarlas destruidas. Un mareo la golpea y se cae sobre un costado de la cama, vomitando. Y de repente, se siente bien. Todo parece detenerse y cobrar sentido. Se acomoda, se limpia la boca y se levanta. El aire parece más revitalizador que antes.
Frente a ella, el espejo le devuelve una imagen corroída de sí misma. La piel fina y delicada parece haber sumido en un abrazo furioso a su esqueleto; la cortina de su cuerpo se veía pálida y marcada de huellas del sufrimiento, un trazo fino dibujado como en las paredes de una prisión luego de cada día; sus miembros, delgados y frágiles, se mecían con una simple respiración, demasiado débiles para resistir siquiera una caricia del otoño; su pelo, largo, enmarañado y oscuro, refugio de sus ojos y de su expresión marchita y escurridiza, caía, opaco, a lo largo de su cuerpo, cubriendo ciertas cicatrices de una guerra que no llegó a luchar pero que la alcanzó, hiriéndola de por vida; finalmente, su boca, curvada en una eterna sonrisa invertida, se encontraba seca y quebrada por los besos amargos del silencio, callada a la fuerza por su propio reflejo, obligada a permanecer ajena al resto del mundo. El espejo le recita su propio cuento, historia de miseria y deber, escrita a lo largo de su piel con una pluma demasiado afilada para describir la belleza y demasiado peligrosa para glorificar la felicidad.
Con una mano temblorosa, alcanza unas tijeras oxidadas que yacen sobre un banco, confiadas de que su alumna volverá a ellas en cuanto el tiempo lo disponga. Acostumbrada a su tacto y a su uso, la toma y la empuña como si fuera una extensión de su brazo, dos dedos más con garras por uñas y corte por caricia. Sin darle tiempo a la duda de penetrar en su cuerpo, agarra un mechón de pelo y lo corta a la altura de los ojos. Siente como el odio la invade, la penetra, la vuelve su amante y su ejecutora; siente como el odio reclama el control de la situación, abrazándola por detrás con sus miembros oscurecidos y carcomidos y obligándola a mover las tijeras con decisión, podando lo que una vez fue su escondite del mundo, su muralla ante la luz. Y de repente, la calidez de la ira se esfuma, la emoción de la violencia se evapora, y la llena un vacío y un frío que por desgracia reconoce muy bien. El agarre otrora furioso de su puño se debilita y la tijera cae con su punta filosa cortando el aire hasta llenar el silencio con su sonido metálico. Se mira al espejo nuevamente y las piernas le fallan ante una visión demasiado real de sí misma. Demasiado impresionante, demasiado dramática. Y real. Ineludiblemente real.
Se aleja dos pasos de aquella imagen terrible que es su realidad como intentando huir de ella. Se apoya contra una pared y siente como todo tiembla, el piso se quiebra bajo sus pies, el muro a su espalda se derrumba sobre su cabeza, el mundo le parece demasiado grande y demasiado chico, como si se ahogara por la magnitud de su soledad. Y siente miedo, siente miedo y terror y pánico como nunca lo sintió antes, porque se da cuenta que está sola, sola ante un ejército entrenado para hacerla sufrir y gritar y llorar hasta morir, sin nadie para salvarla ni para ayudarla siquiera. Algo aúlla en su cabeza que está encaminada hacia su propia perdición, que cada respiro es un paso dado hacia la destrucción. Y entonces, consumida por el miedo y el dolor, rendida ante el cansancio, recurre a quien dejó atrás hace mucho. Y no lo hace pensando que vendrá, lo hace porque, simplemente, es la única palabra que le surge.
- ¡MAMÁ!
Tal vez sea su grito. Tal vez sea el tono de desesperación que impregna su voz. No lo sabe, pero el hecho es que la persona a la que más necesita en ese momento irrumpe en su cuarto con brusquedad. Ni siquiera mira alrededor: desde el momento en que divisa a su hija, acurrucada en un rincón de su cuarto, se arroja hacia ella y la cobija en sus brazos, dándole todo el calor que una madre tiene reservado para sus hijos. Y ella se deja abrazar, cerrando los ojos y dejando de temblar, por esos brazos que le recuerdan la felicidad más pura y absoluta. Y en esos brazos, tan firmes y tan suaves, ella reencuentra su paz.
Y algo le asegura que nunca volverá a perderla.
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