10/10/09

Nublado, 19º, chaparrones

DESPAIR
Marina se sentó en su sillón y apoyó su frente en la palma de su mano, en inevitable resignación. ¿Qué la había llevado a hacer todo eso? ¿Qué razón podía ser tan fuerte como para arruinarlo todo –y sobre todo a ella misma? ¿Cuál era la causa por la que lo había perdido todo?

Si alguna vez le había dicho que podía llegar a terminar así, no sólo lo hubiera tomado por absurdo, sino que se hubiera echado a reír con fuerza de tan imposible que sonaba. Lo lamentaba: deseaba que alguna vez alguien le hubiera advertido que eso podía sucederle, que el primer paso en el camino de la autodestrucción era tan simple que de un momento al otro ya estaba corriendo hacia una meta fatal. Pero no, si se lo habían avisado, no había escuchado, y si nadie se había tomado la molestia de hacerlo, ya era muy tarde. El daño estaba hecho, y no había vuelta atrás.

Sentía los pequeños temblores de su mano sobre su cabeza, presa de una necesidad que ya no podía satisfacer. El maquillaje corrido por las lágrimas estaba hace rato seco sobre sus mejillas, pero no se había molestado en limpiarlo: salir a la calle no se veía como algo próximo y que alguien la visitara era aún más improbable. Había perdido la cuenta de cuantos días llevaba sin bañarse –ni siquiera sabía si tenía agua en el departamento. La remera demasiado grande, una vez roja, estaba desteñida, manchada y descosida, por lo que caía sobre uno de sus brazos, tapando un tatuaje hecho en una noche de inconsciencia e inmoralidad de la cual Marina no recordaba absolutamente nada. Sólo pequeños flashes de lo que había sido su caótica vida en el último año y medio.

Rebuscó entre los almohadones fofos y casi sin relleno con desesperación. Encontró lo que buscaba y lo que antes hubiera sido una sonrisa, ahora era una mueca parecida. No sólo había olvidado lo que era sonreír, sino que todo el concepto de la felicidad se había borrado de su cabeza. Volvió a buscar en el sillón, pero no encontró nada con lo que prenderla. Sostuvo la colilla entre los labios y se levantó a duras penas, a revisar el departamento.

Con las manos trémulas y entumecidas revolvió entre lo que se hallaba sobre la mesa del cuarto: revistas de tres años atrás, recortes de diarios, restos de comida y cigarrillos, ropa interior sucia, listas de compras, bocetos de cómo mejorar su vida, tarjetas y folletos de centros de autoayuda… Pero ningún encendedor, ningún fósforo, ningún nada.

Se revolvió el pelo, nerviosa. Revisó la cocina y no encontró más que platos sucios y bichos muertos. Ni el agua ni el gas funcionaban, pero no le dio importancia. Necesitaba, le urgía fumar para calmar al menos un poco esos temblores que la alteraban. Concluyó que en su casa no habría lo que estaba buscando –en efecto, no había nada- y decidió probar suerte en lo de su vecino. Al fin y al cabo, siempre había sido bastante simpático, él y sus dos hijos pequeños.

Salió de su departamento sin molestarse en cerrar la puerta o siquiera cubrir los bóxers viejos y arrugados de su antiguo novio que llevaba como única ropa interior. El aire del pasillo la mareó y se apoyó por un momento en la pared. Cuando se calmó, cruzó y tocó el timbre de su vecino. Esperó y esperó, segundos que le parecieron horas largas y ardientes.

Abrió la puerta un chico que no reconoció y se preguntó si Pablo se habría mudado. Aunque debía tener entre dieciocho y veinte años, estaba segura de que Pablo tenía más. Aun cuando en esos últimos tiempos, no estaba cien por ciento segura de nada.

- ¿Sí? – le preguntó el chico con una voz grave y Marina no supo qué responder.

- ¿Pablo? – lo miró atentamente, con ganas de echarse a llorar. A penas si podía pronunciar una palabra bien, sin que le costara mucho, como si entre otras cosas, hubiera olvidado cómo hablar.

El chico la recorrió con la mirada y en su cara se formó una expresión de profunda impresión, entre miedo y lástima.

- ¿Marina?

Casi se cae de la sorpresa. ¿Lo conocía y no lo recordaba? No otro más, rogó con desesperación.

- ¿Nos conocemos? – balbuceó, sin mirarlo a la cara.

- Sí… Soy Juan, ¿el hijo de Pablo? ¿No te acordás de mí?

Abrió los ojos con sorpresa y lo volvió a mirar. No podía ser, ¿él era Juancito, el chico de quince años, en la flor de la adolescencia, con granos, flaco y con voz de trompeta que había conocido hacía tiempo? Los ojos se le llenaron de lágrimas y el cuerpo se le tambaleó por la emoción, soltando la colilla, que cayó al suelo y rodó alejándose.

- ¿Estás bien? – le preguntó él en una voz insegura.

Asintió con la cabeza, aún sabiendo que mentía. ¿Que estaba bien? Si nunca había estado peor, y lo peor era que se daba cuenta y aun así no hacía nada para cambiarlo.

- Estás… muy flaca…

Se notaba que había más que quería decirle, sin animarse a hacerlo. Marina lo miró a los ojos y formó esa mueca tan vacía que una vez hubiera sido una sonrisa.

- No te preocupes, estoy bien – la voz ronca y las ojeras, juntado al atuendo que traía, el estado de su cuerpo y cara y la expresión de su todo, la delataban. Pero aún así, ¿qué más podía decir? ¿Salvame, que yo sola no puedo? ¿Ayudame, que me estoy matando de a poquito y no me gusta?

Juan parecía a punto de responderle, pero no lo dejó. Se volteó y caminó con paso trémulo hasta su departamento, y cuando se giró para cerrar la puerta, lo vio mirándola con pesar, como si quisiera hacer algo por ella y no supiera qué. Marina cerró la puerta con esa misma mueca de comprensión, de lástima propia, de resignación, que le venía mostrando a la vida por el último año y medio. Se dirigió al sillón que era también su cama y ropero, apoyó los pies sobre la mesa que funcionaba de comedor y escritorio y basurero y se dejó caer sobre el respaldo. Recorrió con la vista sus piernas marcadas por el dolor, su panza cubierta de pequeños puntos rojos al igual que sus brazos, sus muñecas vendadas por la vez número ya no sabe cuánto y finalmente sus manos huesudas y descuidadas, que al parecer nunca dejarán de temblarle. Echó la cabeza hacia atrás y lloró por la última vez. Como hacían dos meses atrás, había decidido dejar de comer por completo para ser más linda; como hacían seis meses atrás, había comenzado a drogarse para ser más feliz; como hacía un año atrás, había comenzado a cortarse para sentir menos el dolor que la ahogaba por dentro; como hacía un año y medio atrás, había decidido cambiar su vida por completo al ser abandonada por su novio. Como una vez en todo ese trayecto, había decidido mejorar, tan sólo para hundirse más y más hasta perderlo todo.

Juan, al igual que su familia, que sus amigos, había querido hacer algo para ayudarla. Y ella no le había dicho nada. Porque, al final, ni siquiera ella sabía cuál era el milagro que podía salvarla de ella misma.

2 monedas:

ink dijo...

wow carou.. esta genial! posta q aca t pasaste mal

mmmm chica tattoo t kiero mucho!!

Anónimo dijo...

che, seguiila,

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