Llueve. Y la lluvia, como pocas cosas, me inspira.

TORMENTA
A través del vidrio percibe, mirando apenas de reojo, como el cielo otrora despejado ahora se puebla de nubes grises, negras, como si la misma Noche se compusiera a base de piezas de rompecabezas. Poco a poco y con una rapidez alarmante, lo claro desaparece bajo la presión de lo oscuro, de lo incorrecto. De lo que no debería estar allí, pero que sin embargo está.
Han anunciado una tarde despejada y soleada, insulsa para alguien como ella, quien adora perderse en torbellinos de tórridos dramas y arrojarse de cabeza a piletas sin agua. Pero el cielo le sonríe y le da esperanza, amenazando con descargarse en una potente lluvia que cubriría, como un sepulcro, los restos de su cuerpo inerte sobre el cemento azul partido.
Una luz fulgurante parte el cielo en dos y se bifurca varias veces, hasta cubrir el cielo como un delta de fuego y electricidad. A lo lejos, el eco de un trueno reverbera entre los edificios hasta llegar a ella, quien lo recibe como si se tratara de un golpe que la volverá a la vida. Sonríe y aspira el aroma a tormenta que ronda el aire, que con forma de calidez insoportable se adhiere a todo lo que encuentra. Se relame al saber lo que se aproxima, lo que se desatará –allí afuera y en su interior.
Otro rayo atraviesa las nubes como una flecha y de inmediato se ramifica, siguiendo con la división celestial. A él se suman sus hermanos, ansiosos e impacientes, que colaboran con energía de sobra a iluminar el cielo. Y cada vez que golpean una nube en su intensidad, un ruido atronador se desprende de ellas, un rugido de dolor que recorre distancias incalculables. Pero no se amedrentan; por el contrario, este gemido gutural los excita sobremanera y los impulsa a seguir con su tarea y a renovar su ímpetu. Continúan azotando las nubes sin piedad, hasta que las quiebran y logran que lloren. Y entonces, se relajan un poco, aunque siempre hay algunos que disfrutan del dolor que infligen y no logran detenerse, ávidos de más.
Por cada rayo que cruza el cielo, ella se estremece de placer. Los siente como un látigo sobre su piel, encendiéndola, haciéndola cerrar los ojos y llevándola hasta las cumbres del placer. Y por cada latigazo que recibe, un gemido surge de sus labios apretados y sonrientes para juntarse con el del cielo, mezclándose en una melodía poco armoniosa y primitiva.
Cuando finalmente siente que alcanza la cumbre del placer, pone el grito en el cielo y se deja caer bajo las finas gotas de agua que comienzan a cubrirle el cuerpo. Sobre ella, el cielo se acomoda como si buscara envolverla, hacerla penetrar en su densa y misteriosa oscuridad. En las gotas que caen, cada vez más y más fuerte, se refleja lo negro de las nubes y parecen colmillos de esa gran boca de lobo que no deja de aullar. Miles y miles de dientes clavándose en su carne, invadiéndola, conquistándola. Mordiéndola.
Ella se deja hacer, porque no hay nada que desee más en este momento que ser mordida hasta la locura. Anhela que el cielo la contagie de esa rabia dolorosa y absurda que aparece en los días como este, que la vuelva esclava de su misma enfermedad para poder vivir y morir y volver a vivir juntos, eternamente. Quiere convertirse en su eterna prisionera y que se alimente de ella de la manera que le dé la gana. Porque ella ya fue mordida una vez. Y esa marca es como una firma que no se borra, ni se olvida.
La presión aumenta y casi puede sentir los recuerdos morados que tendrá repartidos sobre su piel al despertarse. Sonríe con éxtasis mientras que la lluvia la golpea y la zarandea, como si intentara probarla, como si intentara ponerla a prueba a fin de descifrar si es lo suficientemente buena. Ella resiste casi sin dificultad, dispuesta a imponerse como la mejor candidata. Decidida a ganar un lugar en el cielo.
Cuando la intensidad comienza a disminuir, cierra los ojos, casi decepcionada. No fue elegida esta vez, como no lo fue la vez anterior, ni la anterior a esa. Se siente indigna, despreciable, inmunda. Necesita limpiarse, hacerse más bella para el próximo encuentro, pero eso significa quitarse las pocas marcas que tiene sobre su piel, la prueba de su tacto sobre ella. Puede esperar, se dice, y disfrutar así los últimos momentos de su visita, siempre tan breves, siempre tan apasionadas.
Se lleva una mano empapada a la boca y la besa con ternura y amargura. Sopla con fuerza y unas pequeñas gotas se elevan con el viento camino hacia el cielo. Sonríe nuevamente, ahora con nostalgia. ¿Cuándo volverá a verlo?
Las nubes se esclarecen y el sol comienza a filtrarse entre ellas.
Cuando los meteorólogos vuelvan a equivocarse.
2 monedas:
Algunas cosas no se controlan.
Al amor y la tormenta son parte de ellas
nada mejor que la lluvia para escribir, nada mejor que una ventana donde las gotas corren hacia abajo y expresan el ánimo del día, y hacen sentir a la gente millones de emociones.
:E
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