Lilith se mira en el espejo y no sonríe. Ni siquiera reacciona ante su reflejo. No se reconoce en esa cara pálida e inexpresiva, ni busca hacerlo. Ella no es ella, no realmente. Es sólo una máscara que no tuvo la posibilidad de elegir y que esconde cotidianamente bajo su cara real.
Se pasa el camisón de satén negro por la cabeza y lo arroja sobre la cama con brusquedad. Con una mueca de hastío revisa entre su ropa interior y elige unas bragas negras de encaje, que se coloca con suavidad. El suave roce de la tela sobre su piel le provoca escalofríos que la hacen temblar de placer. Y la noche recién comienza.
Vuelve a acomodarse frente al espejo y gira, luciendo su cuerpo en su parcial desnudez. Con las manos se recoge el pelo, que deja a la vista un tatuaje en forma de serpiente descendiendo por su espalda hasta más allá de la línea de la cintura. Sonríe perversamente al recorrer el dibujo con la mirada: ningún animal la representa mejor.
Deja que los rizos le cubran nuevamente la espalda y camina lentamente hasta una mesita que se encuentra junto a su cama. Enciende un cigarrillo y se extiende sobre las sábanas de seda, mientras que su mano libre acaricia su cuerpo con una destreza propia de una profesional. Le da una calada al cigarrillo y se deleita con el humo que surge de entre sus labios y de su nariz. El ritmo de su mano se acelera a la vez que sus inhalaciones se vuelven más profundas. Finalmente inspira hasta que siente como el humo se inyecta en su cerebro y los estremecimientos la sacuden, haciéndola casi gritar de placer. Y cuando exhala, sus músculos se relajan, y sonríe.
Se pone de pie y arroja la colilla aún encendida a un bote lleno de papeles que de inmediato se enciende. Admira el fuego con éxtasis y, sin molestarse en apagarlo, se voltea hacia el armario. El fuego crepita y la ropa se ilumina de manera que fuera toda de diferentes tonalidades de rojo. Lilith se siente en el mismo infierno. Y nada podría darle más placer.
De uno de los estantes más altos toma un frasco de vidrio y lo destapa. Se derrama encima la fragancia y deja que las gotas se deslicen sobre su piel en una carrera hacia el suelo. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, aspirando el perfume dulzón que la rodea. Lee la etiqueta: Poison. Se toca los colmillos con la lengua y los siente demasiado pequeños.
Elige un vestido negro que centellea con la luz del fuego. Se desliza dentro como si fuera una segunda piel y sube la cremallera de la espalda con lentitud. El tatuaje queda por completo oculto, como sus verdaderas intenciones.
Se dirige hacia una mesilla cubierta de maquillajes, cremas, alhajas y papeles y se sienta frente al espejo. En él puede divisar el fuego que poco a poco se consume a su espalda, dentro del bote. Se aplica sombra negra, seguido de delineador y rimmel, haciendo de sus ojos casi dos rendijas blancas de centro vacío. Le da al espejo esa mirada perversa que no augura nada bueno y ella misma puede sentir el agujero negro de su mirada, que clava y traga todo lo que se cruza. El fuego brilla en sus ojos maliciosos y el mismo Diablo se puede reconocer en ellos.
El rouge rojo sangre completa su verdadero rostro. Se muerde el labio y le sonríe al espejo, como si fuera una nueva presa. Aumenta la presión de la mordida, dejándose llevar por la ilusión. Cuando el labio comienza a sangrarle, gime ante su sabor. Se pasa la lengua por el labio inferior, alimentándose de la adrenalina y del deseo de la caza que se avecina.
Se calza unos zapatos de taco aguja y finas tiras que se enroscan en su tobillo. En las orejas, unas argollas plateadas. Sobre los hombros, un abrigo de piel de conejo. Desliza sus manos por sobre los pellejos y casi puede sentir la excitación creciendo en lo bajo de su estómago. Conejos. Como todos los hombres que conoce.
Se mira al espejo una última vez y finalmente se reconoce. Se extrañó, admite. Con brusquedad toma un pequeño extintor, apunta al bote y dispara. Una espuma blanca cubre y extingue el fuego, y Lilith no puede evitar formar una mueca de disgusto. Algún día quemará todo ese departamentito, y lo hará con gusto. Arderá de placer al verlo consumirse entre las llamas.
Sale del edificio y se siente renacer. La oscuridad la recibe entre sus brazos, como un mentor acoge a su alumna. Lilith se deja llevar por ella hacia lo más profundo de lo no-visto, de lo inmoral, de lo pecante. Y lo hace con una sonrisa de satisfacción.
Porque la noche es suya y nadie ni nada puede detenerla.
Es hora de jugar.
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