Un día más, uno menos
J escucha sonar su despertador. Lo escucha tintinear una y otra vez, sumido aún en un estado de somnolencia. El sueño y el cansancio lo retienen en la cama y por más que luche contra ellos, sabe de antemano que es una batalla perdida.
“Cinco minutos más” murmura, con una tonalidad infantil.
Siente movimiento a su lado y sabe lo que viene a continuación. P se levanta, le apoya dulcemente la mano en el hombro y le dice, ya en estado automático: “Vamos, que hoy te toca llevar a L al colegio”. Entierra su cara en la almohada y expira despacio; el movimiento del colchón, el calor sobre su espalda y la suave voz de P. Y surgen, las mismas palabras de todos los días. No podían faltar, no hoy.
Ya está hecho, es conciente de que no va a volver a dormir. Decide levantarse, aunque el cuerpo le pese más de lo acostumbrado. Hoy, los años le pesan más que nunca.
Se destapa con un movimiento brusco. Gallardo, decide adentrarse en aquel mar de losa fría que se extiende frente a él. Se frota los ojos y posa un pie en el piso; escalofríos le recorren la espina dorsal hasta llegar a su cabeza. Gruñe: todas las mañanas pasa lo mismo, y él sigue sin acostumbrarse.
Se dirige al baño y cierra la puerta, buscando un poco de privacidad. Sabe que tiene tiempo de sobra, pero su cuerpo con reloj propio no le muestra piedad. Luego del desagüe viene la ducha; J niega con la cabeza, se bañará más tarde. El agua caliente, luego fría porque P tiene la costumbre de lavar cosas justo cuando él está bajo la regadera, no le apetece en ese momento. En cambio, se acerca a la pileta y abre el agua fría. Se moja la cara y levanta la cabeza. En el espejo se encuentra con una cara que se le hace familiar, que lo mira atentamente con ojos aún cubiertos por el velo del sueño. Chasquea la lengua y abre los ojos; acerca peligrosamente su cara al espejo y, con el pánico en el rostro y la voz ahogada, murmura:
– No puede ser: una arruga.
El espejo le guiña un ojo y le sonríe. J sacude la cabeza y se vuelve a mirar: había sido una ilusión óptica creada por la idea de cumplir un año más. Qué arrugas ni que arrugas, él es un nene todavía. Abre la puerta, se palmea la mejilla y le sonríe seductoramente a su reflejo.
– No seré un Don Juan, pero sabes que te gusto – le dice sugerente al espejo, que quieto lo observa sonriendo, con una ceja levantada y el dedo índice apuntándolo.
“¿Con quién hablas?”, pregunta P desde la cocina. J se ríe y niega con la cabeza mientras que sale del baño. “Nadie”, le responde mientras se acomoda una bata alrededor del cuerpo. Pasa por su dormitorio, se interna en el pasillo y llega a la cocina. La primera imagen que le llega es la de P, vestida con el camisón y una bata mal acomodada sobre él, preparando el desayuno. Sin importar los años que pasaron, los momentos que vivieron, las discusiones, las peleas, los desacuerdos que tuvieron, J la sigue encontrando tan bella como el primer día. Y vuelve a sentir, con mayor intensidad, lo que muchos llaman “amor a primera vista”.
Se acerca a ella con una sonrisa ganadora en el rostro y la toma por los brazos. P lo mira frunciendo el ceño, probablemente preguntándose si ha sufrido algo, o si se ha golpeado la cabeza abriendo la puerta del baño. Pero ninguna de estas preguntas tiene tiempo de tomar forma y decirse, porque J la besa primero en las mejillas, luego en la frente y finalmente en los labios, deleitándose con ese sabor conocido y que siempre lo embarga de una dicha energizante. Y P se ruboriza como el primer día, porque, aunque los días y los meses y los años pasen y se lleven con ellos las pasiones desenfrenadas de la adolescencia, él sigue siendo ese chico que la conquistó con palabras y flores.
J le sonríe y P vuelve a derretirse por dentro. Las piernas le tiemblan y se siente una niña con las hormonas revueltas, que acaba de encontrar a su príncipe azul. Se separa de él para recuperar el ritmo de la respiración y le susurra:
– Feliz cumpleaños, amor – él vuelve a sonreír más ampliamente y la va a besar nuevamente, ambos lo saben. Pero, aunque aparezca como una interrupción, ninguno de los dos se enoja, ni se molesta.
– ¡Feliz cumpleañoz, papá! – grita L, y se aferra a su pierna. Él se agacha y la toma entre sus brazos, alzándola. Le agradece por lo bajo, haciéndole cosquillas.
P sonríe como una madre y como una mujer, que ve al hombre que ama babeándose con los ojos mirando a su hija. Y sabe, en ese momento, que no necesita nada más.
- ¿Vamos a buscar a S? – le propone a su hija, tomándola de la mano – Así le damos a papá el regalo.
L asiente con ganas y salen juntas de la cocina. J las ve partir, aunque desearía que se quedaran con él para siempre. Se gira y camina hacia la puerta que da al patio. Da un paso hacia afuera y debe meter las manos en los bolsillos, porque el frío se cuela entre sus dedos y lo hace estornudar. Y sabe que no hay peor día para enfermarse que ese.
Cierra los ojos. La brisa fresca matinal le acaricia el rostro, despejando todo rastro de sueño. El otoño le susurra a las hojas del jardín que es hora de caer, y a él que es momento de crecer. Y J se siente lúcido por primera vez. Realmente vacío de toda preocupación, de toda tarea, de todo juicio. El aire frío le llena los pulmones, y cada expiración equivale a una catarsis del alma. Y comprende. Por primera vez en su vida, lo comprende.
Comprende que todo logro, toda meta que se impuso, no tuvo sentido ni forma si no fuera por P, que lo apoyó, lo sostuvo, lo quiso. Entiende que el dinero, los bienes materiales, no saben hacer feliz a menos que tenga con quien compartirlos. Que una melodía extraída de un piano sólo puede alcanzar su belleza máxima cuando va tomada de la mano con una musa inspiradora, de quien sale y a quien va dirigida. Y algo nuevo se crea en J; algo que no sabe explicar, pero que no puede cuestionar. Como no puede dar razón al placer que siente cuando las teclas se inclinan ante sus dedos, tampoco puede hacerlo con esto. Es un sentimiento, una idea, una noción que intuye que es verdad. Algo le grita, le quema desde su interior, afirmando que son esos momentos, efímeros, los que hacen la “felicidad”. Esos momentos que quedan guardados en lo más profundo del alma, y que vuelven en los momentos de inseguridad, de miedo.
Y sabe, con cada nervio, cada centímetro de su ser, que aquello que tanto había buscado, por lo que tanto había hecho, ya lo había encontrado. Tan cercano, y tan invisible a sus ojos…
Escucha como la puerta se abre detrás de él. Abre los ojos y se voltea. Y allí está, lo único por lo que daría hasta su último respiro. Aquello por lo que iría al fin del mundo. Ellos, P, L y S, su familia, su hogar, su refugio. La felicidad que todos buscan y pocos encuentran. La lucidez se esfuma y J se vuelve a llenar de esa alegría embriagante que le produce estar con ellos.
Una frase toma forma en su cabeza, y, aunque no sabe si es que los años le están afectando de una manera poco cuerda, o si poco a poco está perdiendo la chaveta, es una frase que le suena a verdad:
“Para encontrar la felicidad, solo hace falta mirar.”
***************************************************
Life is short... break the rules, forgive quickly,
Life is short... break the rules, forgive quickly,
kiss slowly, love truly, laugh uncontrollably,
and NEVER regret anything that made you smile.
***************************************************
0 monedas:
Publicar un comentario en la entrada