Misery Business - Paramore
War - Edwin Starr
A Girl Like You - Edwyn Collins
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DE EXPEDICIONES Y FIESTAS
Tropezó una vez más mientras se aferraba a la baranda. Esos escalones sin duda estaban haciendo pactos silenciosos para ponerse en su camino y hacerla caer. No podía ser tan torpe.
Cuando llegó al rellano de las escaleras decidió hacer un alto en su turismo aventura por ellas y así evitar los porrazos por un momento. Tomó aire lentamente, tratando de calmar la calesita que giraba sin parar en lugar de su cabeza.
Es que no estaba borracha, ni por asomo. Sólo había tomado un poquito de más. Lo habitual. Cuando la presión de la manada entra en juego…
Además, el corte de luz tenía toda la culpa. ¡No había una sola luz en toda la casa! Qué pretendían que hiciera ella cuando se había quedado a ciegas en medio de su expedición cuesta arriba. Y había llegado al rellano sin que la gravedad interviniera antes y la hiciera rodar escaleras abajo. Se merecía un premio, qué más.
Cuando comprendió que esperar semi-arrodillada junto a la pared no le era de ninguna ayuda, decidió que seguir con la escalada sería lo más sensato. No oía nada y suponía que, todos estando fuera, jugando en la pileta en la penumbra de la noche, nadie se preocuparía por la falta momentánea de luz y por lo tanto, tampoco harían nada para remediarlo.
Aunque ella estuviera perdida en medio de la jodida oscuridad.
Por los vagos recuerdos que tenía de esa casa, podía apostar a que le quedaban unos pocos escalones para llegar al primer piso. Para cantar victoria.
Subió uno, dos, tres, y creyéndose ya en suelo firme, se enderezó triunfante y soltó la barandilla. Tanta confianza en su propio éxito le causó un viaje al piso, al encontrarse su pie con un último escalón inesperado.
Insultó a todas las madres y a todos los hijos que conocía y no conocía. Es que el alcohol le soltaba la lengua y la hacía decir palabrotas que habitualmente no se atrevería a pronunciar. O al menos la mayoría de ellas.
Se levantó del piso temblando. De la nada, la habían invadido unas enormes ganas de llorar. Estaba frustrada, deprimida, borracha y de muy mal humor. Y sólo para aderezar la comida, tenía probablemente varios moretones en sus piernas burlándose de ella por torpe.
Tanteó la pared poco a poco, recorriéndola de arriba hacia abajo para asegurarse de que no hubiese nada raro que pudiera crear un hematoma que fuera a hacerle compañía a los otros. Sintió bajo sus dedos como la pared sobresalía para dejar espacio al vacío. Comprendió que se hallaba frente a una puerta y algo en su interior se alegró. Debía ser el cuarto del chico que organizaba la fiesta.
Las puntas de sus dedos comenzaron a cosquillearle mientras se adentraba en la habitación a ciegas. Llevaba sus manos delante de ella para no llevarse nada puesto y avanzaba lentamente. Daba pasos temblorosos aunque en su estómago algo se agitaba furiosamente y le urgía que se apurara. Algo así como mariposas.
Y de repente, lo sintió. Bajo el tacto de sus yemas, la tela suave de su camisa. En sus fosas nasales, la esencia de su perfume. En su pecho, la expectación.
Se acercó a él, subiendo sus manos hasta su cara. Lo reconoció de inmediato, y entonces supo que la esperaba.
La aguardaba como siempre. Había llegado primero, como de costumbre, cuidando la habitación de intrusos. Y luego permanecía en la oscuridad, hasta que ella llegaba e iba a su encuentro.
Era en aquel momento cuando se fundían el uno en el otro, cuando se tomaban y se arrancaban las sensaciones para aumentar el placer propio. Se sometían al otro, se bebían, alimentaban ese fuego interior que ardía por la presencia del otro contra su cuerpo. Dejaban sus manos explorar lo conocido, mientras sus bocas se sumergían una en la otra, despertando sensaciones familiares y excitantes. Porque el peligro aumentaba esa pasión irrefrenable, el riesgo de ser descubiertos atizaba esa flama que se encendían mutuamente en cada uno de esos encuentros fortuitos.
Porque él estaba en una relación seria. Y ella no quería estarlo.
Se separaron para tomar aire. Él apoyó su frente sobre la de ella, respirando agitadamente sobre su boca. Se miraron a los ojos y sonrieron. Se dieron cuenta entonces de que podían verse, y que ya era tiempo de volver. De regresar cada uno a su realidad.
Hora de bajar las escaleras y reinsertarse en la vida cotidiana, en la cual él era él, y ella, ella. No más un sólo ser.
Al encontrarse frente a frente con su mortal enemiga, ella maldijo. Y ahí iba nuevamente, cuesta abajo. Sólo que en ese momento, no había nada que valiera la pena aguardando por ella al final de las escaleras.
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Just a B-I-T-C-H.
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