Aquí llego con el segundo capítulo. Diferente al primero. En fin.Espero que les guste!----------------------------------------------------------------------CONFESIONES ESPORÁDICAS DE GENTE “NORMAL” Y NADA COMÚNCapítulo 2: Eso que llaman Amor.Yo solía estar enamorado. De una forma poética, romántica y obsesiva, creía realmente que lo que sentía por esa chica –Sofía, se llamaba- era amor. Amor, con mayúscula.
Vivía engañado, obviamente.
Sofía era, de lejos, la chica más atractiva de nuestro año. Tenía una delantera y una vista trasera que mataban, y aparte era flaca y con curvas. Su pelo era largo y lacio, sedoso y brillante, y bajo la luz del sol el castaño se volvía rojizo. Tenía unos ojos grandes y claros como el cielo, y cuando te miraban te hacían temblar de los nervios. Era perfecta, hermosa como ninguna, con una sonrisa que desmayaba y una voz que hipnotizaba. Y cuando caminaba… todos caían rendidos a sus pies. Aparte era pura. Nunca estuvo con ningún chico del colegio por razones de que no quería lastimar a ninguno ni hacer sentir mal a los otros por estar con alguno en particular. Ella era buena con todos. Inocente y simpática.
Como dije, perfecta.
Todos los otros chicos querían estar con ella. Muchos buscaban algo de una noche, otros se perdían enamorándose de ella. Yo era uno de estos últimos, aunque yo tenía la certeza de que ella me quería también. Y por eso hacía todo lo que hacía: le escribía cartas, le regalaba flores, le recitaba poemas, le daba bombones. Le profesaba todo mi amor como cualquier primerizo hubiera hecho al no tener experiencia. La llené de regalos cursis y cartitas ridículas. Pero estaba perdido por ella. Y cuando uno ya está perdido… no tiene nada que perder.
Me acuerdo de una vez que, en el medio de la clase, le quise pasar un papelito con unas rimas que había estado pensando por unas cuantas semanas. Estaba tan emocionado, pensando que le iban a encantar y se iba a dar cuenta que ya no tenía que esconder su amor por mí. Tan emocionado estaba… Pobre estúpido. Le pasé el papel a un compañero para que se lo pasara, pero –típico- lo interceptó la profesora. Y para mi desgracia, lo leyó en medio de la clase.
Sofía, Sofía
Tú que eres en alma mía
Di que me amas como yo te amo
Que por ti yo todo lo hago.
Sofía, Sofía
Eres más dulce que una tía
Más hermosa que el día
Más pura que la Virgen María.
Sofía, Sofía
Tú que eres mi láctea vía
Di que me amas como yo te amo
No temas, si te caes yo te agarro.
Lo guardo únicamente para recordarme nunca volver a caer tan bajo. Ni la idiotez de la adolescencia ni el exceso de hormonas de la edad del pavo son excusa suficiente para mi deseo de humillación pública de ese entonces. Sobra decir que fui el hazmerreír de la clase hasta el día de la graduación, y aún hoy me lo recuerdan en las reuniones anuales que se hacen para los ex alumnos. Pero mi historia no tiene que ver con eso; al menos no demasiado.
Lo que sucedió ese día es que me di cuenta de que, en realidad, Sofía no era
tan perfecta como yo pensaba que era. No solamente se rió de mí, sino que se rió de cada comentario burlón que hicieron mis compañeros en mi cara, y después de eso no me volvió a dirigir la palabra, ni siquiera una mirada. Sus amigas me señalaron y me gritaron cosas y ella se limitó a reírse. Y en ese momento la odié: no solamente porque me había roto el corazón -¡já!- sino porque, también, me había humillado cuando yo siempre la había tratado bien. Ya no era una cuestión de sentimientos o de orgullo: era una cosa de respeto.
Hueca sobrevaluada calientap-.Entonces –y gracias a este momento de total y completa humillación-, entendí una cosa: yo no estaba
enamorado de ella. Yo estaba
obsesionado. Como todos los demás, con una dosis de psicosis y un poco de trastorno emocional. La cosa es que no iba a morir por ella, ni mucho menos morir porque me hubiera “roto” el corazón. Ahora que lo pienso… en realidad, es todo lo contrario.
Después de esa hora de clase –la hora más larga de mi vida-, me fui corriendo y me escondí en un rincón del patio, atrás de una columna, a llorar como nunca había llorado. Me acuerdo que sentía que mi vida ya no tenía razón de ser, que ya nada tenía sentido, que sin Sofía yo no merecía seguir viviendo. Y ahí estaba yo, acurrucado en las sombras, purgando toda la frustración y el dolor que pensaba que sentía, cuando la conocí.
Margarita. Magui para sus amigos más cercanos.
- ¿Estás bien?
Yo levanté la cabeza, entre indignado por haber sido interrumpido en mi dolor y asustado de que alguien me pudiera ver así –y más aún una
chica. La miré con la cara hinchada y roja –según me dijo tiempo después- y el labio inferior me temblaba de pura rabia. Me sentía patético y descubierto. Y sin embargo, ella no pareció inmutarse.
- La verdad, me pareció terrible lo que te dijeron. Nadie merece ser tratado así.
Su voz era dulce y suave, reconfortante. Me ayudó a levantarme, aún cuando opuse cierta resistencia, y me acompañó a lavarme la cara. Me acuerdo de que me llevó de la mano y no sentí ningún tipo de vergüenza por el contacto. Por alguna razón que hoy comprendo mejor, en ese momento se sentía natural estar así, de la mano con esa chica menudita que no conocía y que me resultaba tan irreal.
Magui, fui aprendiendo después, se mantenía al margen de la vida social del colegio. La llamaban
freak y
rarita porque usaba gorritos con orejas de gato y tenía pecas. Caminaba como si flotara, siempre en su mundo, y mantuvo su cuerpo de nena hasta pocos años después de su graduación. Muchas cosas cambiaron en ella desde entonces, aunque las más esenciales –las más Magui- aún siguen estando allí.
Y no podría quererlo de ninguna otra manera.
Ella es de esas personas que sonríen la mayor parte del tiempo, porque sonreír es tan natural para ellas como respirar. Sonríen y ríen con una risa que suena a canción, que te hace sonreír también y te dejan con una sensación agradable en el pecho. Magui fue y es una nena alegre, con expectativas de vida tan maravillosamente simples como ser feliz, querer y ser querida. Es mi pequeña heroína. Mi Peter Pan.
En fin… Ese día Peter Pan me rescató de mí mismo. Me enseñó muchas cosas de la vida y nos volvimos muy amigos con el paso del tiempo. Para ella siempre fue más fácil mantenerse ajena a lo que la gente del colegio decía; para mí no tanto. Pero yo la seguía porque ella me llevaba ligeramente de la mano, para que yo pudiera soltarme cuando quisiera.
Y es el día de hoy que les aseguro que no pretendo soltarla por el resto del tiempo que me quede con ella.
Lo único que me queda es agradecer a Sofía: porque si ella no hubiera sido tan
perfecta, yo no hubiera encontrado a mi
perfecta imperfecta.